Estudio Apocalipsis 1:14-16 – Indry Cortés de Alvarado
Estudio Apocalipsis 1:14-16 – Indry Cortés de Alvarado
Bendiciones hermanos y amigos del programa de radio Profecías Hoy. En este día, le extiendo una invitación para que usted pueda recibir ánimo de parte del Señor.
En medio de las cosas que se están viviendo en el mundo, nos damos cuenta que las cosas están cambiando muy rápido, radicalmente. Están habiendo cambios y esto, la verdad es que no va a parar. Muchas cosas van a avanzar más rápido de lo que pensábamos. Y todo esto nos indica que la venida de nuestro Señor Jesucristo se acerca. Son señales previas a la venida de nuestro Señor Jesucristo. Y la Palabra del Señor nos dice que el Espíritu y la Iglesia (y nosotros somos parte de la Iglesia) dicen: “Sí, amén, ven Señor Jesús, ven Señor Jesús”. Ese debe ser el deseo y el anhelo de nuestro corazón con respecto a nuestro amado Señor Jesucristo.
Continuamos con el estudio del libro de Apocalipsis. Vamos a estar leyendo desde los versículos 14 al 16 en esta oportunidad. Recuerde usted que el apóstol Juan fue un hombre que conoció al Señor Jesucristo cuando el Señor anduvo aquí en la tierra. Sin embargo, cuando él tuvo esta visión del Hijo de Dios, del Hijo del Hombre, pero glorificado, él quedó impresionado. Y yo creo que cualquiera de nosotros, al tener una visión de esta naturaleza, quedaría impresionado, quizás sin habla frente a la grandeza del Señor Jesucristo.
Dice así la Palabra del Señor (Apocalipsis 1:14-16):
“14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; 15 y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. 16 Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza”.
“Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve”. El cabello blanco habla de edad avanzada y en la cultura hebrea está conectado con la idea de gran sabiduría y eternidad. Las frases “blancos como nieve” también enfatizan la idea de pureza (Isaías 1:18). Esto también implica majestad y autoridad.
El cabello blanco y la cabeza blanca también conectan a Jesús con el Anciano de Días (Daniel 7:9). El término “Anciano de Días” le pertenece a Dios el Padre, pero también se le asigna a Cristo, quien es igual que el Padre en cuanto a su naturaleza divina. Es un ejemplo de cómo los autores neotestamentarios atribuyen títulos y descripciones de Yahvé (יהוה), de Jehová a Jesús para enfatizar su deidad. Cuando vemos en la imagen su cabeza y su cabello blanco como la nieve, entendemos la antigüedad de su reinado, de acuerdo a Spurgeon. Pero esto no es solamente un emblema de antigüedad, sino la evidencia de su gloria. Pues la blancura y esplendor de su cabeza y cabello, sin duda procedían de los rayos de luz y gloria los cuales circundan su cabeza y que salen disparados en todas direcciones, de acuerdo al teólogo Clarke.
“Sus ojos como llama de fuego”. El fuego es a menudo asociado con el juicio en las Escrituras (Mateo 5:22; 2 Pedro 3:7). Los ojos de Jesús muestran el fuego de juicio penetrante que Él va a hacer un día. También simboliza su penetrante conocimiento, un escrutinio penetrante y juicio acérrimo (Daniel 10:6; Apocalipsis 2:18; 19:12).
“Sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno”. Ya que el fuego está conectado con el juicio, estos pies hablan de alguien que ha pasado a través de los fuegos del juicio y de las pruebas y que ha salido adelante con una pureza refinada. Jesús pasó por el fuego refinador y Él venció. Él es el Vencedor. ¡Aleluya! El bronce es un metal asociado con juicio y sacrificio. El altar de sacrificio de Israel era hecho de bronce (Éxodo 27:1-6) y era llamado el altar de bronce. El bronce también es un metal fuerte, el más fuerte conocido para el mundo antiguo. Por lo tanto, pies semejantes al bronce bruñido son un emblema de su estabilidad y permanencia, siendo el bronce considerado el más duradero de todas las sustancias o compuestos metálicos.
“Y su voz como estruendo de muchas aguas”. Esto significa que la voz de Jesús tenía el poder y majestad de una poderosa catarata. Era algo fuerte, era algo que implicaba autoridad.
“Tenía en su diestra siete estrellas”. Las siete estrellas hablan de los líderes o representantes de las siete iglesias mencionadas en Apocalipsis 1:11 y Apocalipsis 1:20. Las estrellas están seguras en la mano de Jesús. Ya que siete es el número de plenitud, podemos decir que Él tiene a toda la iglesia en sus manos. Y esto nos trae a nosotros una seguridad, porque somos parte de la Iglesia del Señor. Por lo tanto, Él nos tiene en sus manos. ¿Y en qué lugar vamos a estar más seguros que en sus manos? En medio de las cosas que están sucediendo en el mundo, a veces uno piensa: ¿cuál lugar puede ser un lugar seguro donde estar? Pero el lugar más seguro en que nosotros, los hijos de Dios, podemos estar es estando en el centro de la voluntad de Dios. No hay lugar más seguro que estar en el centro de la voluntad de Dios, y eso implica que nosotros estamos en las manos de Dios.
“De su boca salía una espada aguda de dos filos”. Esta es una espada pesada; la palabra allí es rhomphaia (ῥομφαία) en griego, utilizada para matar y destruir. Algunas veces el Nuevo Testamento habla de una espada más pequeña, táctica, conocida en el griego como machaira (μάχαιρα), que se encuentra en Hebreos 4:12. La idea de que salga de su boca no es que Jesús lleve una espada entre sus dientes; la idea es que esta espada es su espada, su arma es la palabra de Dios, y nuestra arma debiera ser también la palabra de Dios. Recuerde Mateo 4, donde el Señor fue tentado por el diablo y Él siempre se defendió usando correctamente la palabra de verdad, la palabra de Dios. Y Él mismo dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Alguien lo explicó de esta manera diciendo que Juan no vio necesariamente una espada que salía de la boca de Jesús; él lo escuchó hablar, él sintió el poder penetrante de sus palabras, y éstas eran como una espada filosa que procedía de su boca. Es una espada aguda de dos filos: no hay manera de manejar esta espada sin cortarte, pues no tiene un solo filo, sino que en todos lados está su filo. La palabra de Cristo, de alguna u otra manera, es una palabra poderosa, una palabra con filo.
“Y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza”. La gloria de Jesús es tan grande, tan brillante, que es difícil siquiera voltear a verle. Jesús tiene la misma gloria que se manifestó en su transfiguración, cuando su rostro brilló como el sol (Mateo 17:2). Su rostro era como el disco del sol en el día más brillante del verano, cuando no hay nubes para batir el esplendor de sus rayos.
¿Qué es lo que él ve en la mano derecha de Cristo? Siete estrellas. Pero qué insignificantes se ven cuando fijas tu mirada en su rostro. Estas son estrellas y hay siete de ellas. Pero ¿quién puede ver siete estrellas, o setenta mil estrellas, cuando está mirando al sol que brilla en su fuerza? Qué dulce es cuando el Señor mismo está tan presente en un lugar, en una congregación, en una iglesia, que el predicador, o el que está enseñando, quienquiera que sea éste, por grande que sea o reconocido que sea, es olvidado del todo por la presencia del Señor. Mira el sol y olvidarás las estrellas.
Todo en esta visión habla de la fuerza, majestad, autoridad y justicia. Hay una diferencia impresionante entre la visión de Jesús y los muchos retratos afeminados de un Jesús débil que se ven en el día de hoy. Pero el Jesús que Juan vio es el Jesús real, el Jesús que vive y reina en el cielo en el día de hoy y que reinará para siempre, por las edades, por los siglos de los siglos.
Debemos considerar el hecho de que esta es la única descripción de Jesús que se nos da en la Biblia. La otra descripción que se acerca está en Isaías 53:2, donde dice que no hay parecer en Él ni hermosura. Dice: “Le veremos sin atractivo para que le deseemos”. En nuestros retratos modernos de Jesús nos gusta pensar de Él como quisiéramos que fuera, como decimos en Chile “a la pinta nuestra”. Pero ¿sabe qué? El Jesús que el apóstol Juan vio es el Jesús como realmente Él es. Nosotros a veces preferimos ver a un Jesús de acuerdo a la carne. Pero Pablo dijo: “Y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no le conocemos así” (2 Corintios 5:16). Son maravillosos estos versículos donde vemos la descripción del Señor.
A continuación, quiero resumir el estudio de hoy analizando y recordando rápidamente cada uno de los versículos que hemos visto:
- “Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana, como nieve”. El cabello de Jesús se describe de la misma manera que el cabello de Dios el Padre. Esto demuestra que Jesús es igual al Padre, es eterno, es divino. El cabello blanco es frecuentemente relacionado con la sabiduría. Juan demuestra a sus lectores que el Padre y Jesús participan de la misma naturaleza.
- “Sus ojos como llama de fuego”. El fuego muestra que Él no tiene parcialidad hacia nadie. Son los ojos de un juez justo que todo lo sabe, que lo escudriña todo, que escudriña los corazones y las mentes (Apocalipsis 2:23).
- “Sus pies semejantes al bronce bruñido”. El bronce representa fortaleza. Asimismo, que el altar de bronce en el Antiguo Testamento era para sacrificios. Esto nos recuerda que Jesús fue también nuestro sacrificio, el sacrificio que se entregó por nosotros para nuestra salvación, para el perdón de nuestros pecados, para que nosotros pudiésemos estar bien con Dios y en una comunión verdadera con el Señor.
- “Su voz como estruendo de muchas aguas”. Su voz tiene gran poder y autoridad.
- “Tenía en su diestra siete estrellas”. El Señor tiene el control de todas las iglesias y tiene el control de nuestras vidas.
Que el Señor les bendiga, hermanos, y puedan estar meditando en estos versículos que revisamos en este estudio. Muchas bendiciones.
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